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domingo, 22 de marzo de 2009

¿POSESIONES ESPAÑOLAS EN MICRONESIA ?

Ésta es una de esas historias que, como el Guadiana, nace y renace cada poco tiempo. Antes en forma de cartas al director de algún que otro periódico, hoy día incluso con un debate a sangre y fuego en la red y en la wikipedia. ¿Pero es esto posible?. ¿Quedan todavía, por esas aguas de Dios, islas bajo soberanía española?.

A buen seguro, su esquela pasaría desapercibida entre las otras muchas que se publicaron en el diario madrileño ABC aquel mes de marzo de 1957. A fin de cuentas, poco podía ser lo que la diferenciase de las demás: un finado tras recibir los Santos Sacramentos, una familia que lloraba su perdida, una hora para el funeral y una lista de cargos y honores que, conociendo el caché que se gastan aún hoy los protagonistas de las necrológicas del antedicho rotativo –de Almirantes de la Mar Oceana no bajan algunos-, habían por fuerza de ser muy poca cosa. No gran cosa, en resumen… a excepción de una línea, una simple línea, que si no mucho relumbrón, sí le daba a la esquela un toque exótico difícilmente superable: “promotor de la tesis de los territorios de soberanía española en Oceanía o la España de Micronesia”. Ahí es nada.

Y es que aunque la vida de don Emilio Pastor y Santos, sin ser monótona y aburrida –prestó el servicio militar en la Armada, llegándose a ver envuelto en alguna que otra acción de guerra- tampoco es que fuera de esas que dan para una biografía, parece cosa de brujas comprobar lo mucho que se ha escrito y aún se escribe –bien es cierto que de forma esporádica, aunque constante- de él. O más que del personaje, de su obra, de su legado. Tal vez esto último porque es muy poco lo que de nuestro protagonista sabemos. 

Poco más que el dato de que era hijo de familia marinera, natural de Bilbao, licenciado en Filosofía y Letras y profesor diplomado por el “Instituto de Cultura Religiosa Superior”, institución adscrita a la Acción Católica y en la que entonces impartía clases el vizcaíno Zacarías de Vizcarra, padre del termino “hispanismo” y autentico paladín del “agitprop” católico de aquellos años –su postura enfrentada al comunismo desde la prudencia más que desde la visceralidad propia de la época, le valieron estas palabras del PCE en 1956: “En los artículos publicados por Monseñor Zacarías de Vizcarra en «Ecclesia» […] hay un tono conciliante, civil, al hablar del Partido Comunista, que contrasta con los llamamientos a nuestro exterminio físico hechos por otros católicos en otros períodos”-. Todo un personaje que bien merecería un huequecito en este blog un día de estos. A su lado, don Emilio, nos ha llegado como un personaje gris, poco más que un ratón de biblioteca. 
Y sin embargo, la lío parda el hombre. En su momento llegando a protagonizar un Consejo de Ministros de los de “el Caudillo”, y no más porque el horno no estaba para bollos de esa clase, y todavía hoy, aún sin habérselo propuesto ni remotamente, calentado las cabezas de más de un ensoñador. Y es que si Cristóbal Colón descubrió todo un continente, este señor –eran años más duros, de cartilla de racionamiento y economía cuartelaría- descubrió, o mejor dicho, redescubrió, una ínfima porción de nuestro extraviado, que no perdido, imperio colonial. Ínfima, sí, pero porción a fin de cuentas. 

EL "VERDADERO" FINAL DEL IMPERIO ESPAÑOL

Si bien cuando hablamos del final del imperio español todos nos acordamos de la guerra de Cuba y del posterior tratado de Paris, es decir, del año 1898, lo cierto es que el autentico final del imperio ultramarino español se produjo al año siguiente, y esto si no contamos que todavía se continuó ocupando Fernado Poo, Río de Oro o el Rif, poca cosa sí, pero no olvidemos que la del Rif fue una de las guerras coloniales más largas y costosas en vidas y materiales de la historia, sino la mayor como opina Stanley G. Payne. Pero bueno, volvamos al “desastre del 98”.

Lo cierto es que de las muchas posesiones españolas del océano Pacífico, infinidad de islas descubiertas por los Legazpi, Grijalva, Salazar o Saavedra allá por el siglo XVI, y que salvo contadas excepciones no habían sido holladas posteriormente por español alguno, a los EEUU tan solo se le cedió por el tratado de París las islas Filipinas y la isla de Guam, y encima en el caso concreto de las Filipinas no todas las islas que les correspondía por derecho, como luego veremos.
Así pues, también el año de 1899 amaneció en territorio español por nuestras antípodas como venía ocurriendo desde los tiempos del rey Felipe II, puesto que si bien Filipinas y Guam ya no eran españolas, sí lo eran los archipiélagos de las Carolinas y las Marianas. ¿Pero qué diablos se podía hacer con aquellas islas casi despobladas, pobres a más no poder, y sin un solo centro administrativo cercano desde el que controlarlas y explotarlas toda cuenta que Manila o Guam ahora pertenecía a otra nación?. Y eso sin contar con que en Cavite se había hundido una parte la flota del Pacífico mientras el resto era entregada tras la derrota a la armada yanqui que emplearía esos barcos para, entre otras cosas, patrullar el Yang Tsé –si recordáis la película “El Yang Tsé en llamas”, el barco de Steve McQueen era uno de aquellos barcos españoles de Filipinas-.

Solo le faltaba a la clase política española enfrentarse a un nuevo desastre del 98 a cuenta de unas islas desperdigadas, indefendibles e improductivas. Y no andaban muy perdidos en el augurio, pues si bien en 1914 tan solo pasarían de manos alemanas a japonesas, durante la Segunda Guerra Mundial, en estas islas se libraron algunas de las batallas más salvajes de la historia. La solución fue venderlas al mejor postor, y como era de esperar, el mejor postor fue la joven y vigorosa Alemania del II Reich.

Y es que Alemania llevaba años tras estas islas. De hecho, tan solo un laudo favorable a España dictado en 1885 por el Papa León XIII, a la sazón nombrado árbitro del conflicto, había devuelto las aguas a su cauce tras el intento alemán por apropiarse de las islas por las bravas tras enviar a éstas un buque de guerra. En Alemania no es que estuvieran locos, las islas eran tan yermas para ellos como para cualquier otra potencia, pero veían en ellas una plataforma perfecta para su armada, la segunda del mundo, algo de lo que España carecía y no estaba por la labor de construir.

Así pues, tras garantizarse por escrito que tanto las órdenes religiosas españolas como los pocos colonos patrios que pudiese haber serían tratados como si de alemanes se tratase, la reina regente Maria Cristina firmó en nombre de su hijo la venta de dichas islas a los alemanes por un montante de 25 millones de pesetas de la época –para que os hagáis una idea, la entonces reciente guerra de Cuba había costado a las arcas españolas una cantidad cercana a los 3.000 millones de pesetas, según “The Economist”-.
Así quedó recogido en el número 164 de la GACETA DE MADRID, -Tomo II, página 905- del día 13 de Junio de 1.899: 
“Real decreto autorizando al Ministro de Estado para presentar á las Cortes un proyecto de ley concediendo autorización al Gobierno para ceder á Alemania las islas Carolinas, las Palaos y las Marianas, excepto Guam.

En nombre de Mi Augusto Hijo el Rey D. Alfonso XIII, y como Reina Regente del Reino; de acuerdo con el parecer del Consejo de Ministros;
Vengo en autorizar al Ministro de Estado para presentar á las Cortes un proyecto de ley concediendo autorización á mí Gobierno para ceder a Alemania las islas Carolinas, las Palaos y Islas Marianas, excepto Guam.

Dado en Palacio á doce de Junio de mil ochocientos noventa y nueve.


MARIA CRISTINA

El ministro de Estado, Francisco Silvela.”

Esta vez sí, se pensó entonces, terminaba el imperio colonial español. Y de hecho así fue… hasta que apareció nuestro don Emilio Pastor y Santos.

LA MICRONESIA ESPAÑOLA
Os decía arriba que a Filipinas –o sea, a los EEUU- no se le habían entregado todas las islas que le correspondía por derecho, y por increíble que parezca así fue. La historia la escribirán los vencedores, pero no es menos cierto que cualquiera comete un error y más cuando estamos hablando de la friolera de 7.107 islas que son las que conforman la República de las Filipinas, y eso mismo fue lo que pasó: que se olvidaron en el Tratado de París de dos islas, las de Sibutú y Cagayán, cercanas a la costa de Borneo, pero no por eso menos españolas, y por tanto filipinas.

Así pues, 1900 tampoco se libró, como los años que le habían precedido desde el siglo XVI, de amanecer por nuestras antípodas –reconoceréis, pese al abusivo empleo que he hecho de esta imagen, que tiene un lirismo que se las trae-, aunque esta vez sí, fue el último año que lo consiguió, ya que en cuanto los EEUU se dieron cuenta del error, obligaron inmediatamente a España a firmar un nuevo legajo que formalizase la entrega de estas dos islas ya solo españolas de forma nominal.

Así pues, cuando Pastor y Santos consultó la obra del portugués Antonio Galvão, gobernador del s.XVII que levantó en su “Tratado dos Descobrimentos” una relación de las islas descubiertas hasta ese momento, se topó con un total de cuatro islas dispersas holladas por Hernando de Grijalva en 1537 que ni pertenecían al grupo de las Marianas ni tampoco al de las Carolinas, y que por tanto, pensó, tampoco habían sido transferidas en modo alguno al Imperio Alemán. ¿Y si la historia se hubiese repetido de nuevo?. ¿Y si estas islas hubiesen quedado “fuera” del tratado de 1899?.

El primer problema al que se enfrentó nuestro estudioso fue el de la localización de dichas islas. Del siglo XVII a su época había pasado mucho tiempo y los nombres que daba el portugués de esas islas no figuraban por ninguna parte, ni en portugués como las citaba el autor del libro -Os-Guedes, O-Cea, As-Coroas e Islas Os Pescadores- ni tampoco en su versión castellana - Guedes, Corcas, O Cea y Pescadores-. Y luego quedaba el asunto de “ubicarlas” en todo caso bien lejos de las Carolinas y las Marianas para que su teoría no se viniese abajo.

Tal vez os pueda parecer una chapuza de hipótesis, y no es para menos. La “tesis de los territorios de soberanía española en Oceanía” no tenía ni pies ni cabeza, se basaba en un viejo libro, en unas islas tan solo presumiblemente identificables, y todo esto contraviniendo un acuerdo entre dos naciones que había permanecido casi medio siglo sin recibir objeción alguna y cogiendo con alfileres la letra de un tratado que dejaba bien claro el deseo español de librarse de todas y cada una de las islas del Pacífico.

Más no solo eso, además, y esta vez sí, ateniéndose al tratado de 1899, Pastor y Santos también recomendó al gobierno español que pidiese la concesión de tres estaciones navales en Saipan, Corredor y Yap, pues efectivamente el acuerdo hispano-alemán contemplaba ese particular, aunque dicha cláusula no hubiese sido hecha efectiva por ningún gobernante español durante cincuenta años.

Aún así, y por increíble que resulte, el asunto llegó a interesar al gobierno, que lo trató en consejo de ministros el 12 de enero de 1949 sin llegar a ninguna otra decisión que la de aparcarlo “mientras no se aclare el asunto”, pues en su opinión procedía “esperar antes de efectuar gestión alguna con los Estados Unidos o con las potencias amigas que forman parte de la ONU, ya que España no tiene contactos con la ONU y sería ésta la que habría de resolver sobre la suerte definitiva de esas islas de Micronesia que pertenecieron al Japón”, es decir, la potencia que se las había arrebatado a Alemania tras la Gran Guerra. Esto es, que aunque en opinión del gobierno los derechos “subsistían”, no era el momento de “abordar la cuestión”.

Tampoco era la primera vez que al gobierno de Franco le daba por el Pacífico, ya en 1940 dos miembros de una misión económica española que había viajado a Japón afirmaban que existía la posibilidad de instalar una industria de perlas cultivadas en la isla de Clipperton, francesa entonces y antes mexicana, española en consecuencia solo según ellos, lo que no viene sino a demostrar más que nada que a aquellos miembros de los primeros consejos de Franco, sobre todo a Carrero Blanco, lo que les interesaba era “reconstruir” el imperio ya fuera en el Pacifico o en la costa del Algarve.

Prueba de todo esto es que, aún aparcado el asunto, todavía permitieron en 1950 la publicación de todas estas teorías y otras aún más histriónicas en un libro que editó el Consejo Superior de Investigaciones Científicas titulado "Territorios de Soberanía Española en Oceanía", donde el autor no solo afirmaba el derecho de España sobre dichas islas sino también a establecer “factorías” o “estaciones navales” en Haifa, Orán, Sierra Leona, Eritrea, Vietnam y otras islas de Micronesia al margen de las "españolas" además de en la "Australia del Espíritu Santo" -actual Vanuatu-, una "estación ballenera" en la Antártica y la anexión efectiva de islas como Aruba. Eso junto con la reclamación de Guam y el norte de Borneo para la República de Filipinas.

Por fortuna, aunque este libro se haya convertido con los años en una auténtica pieza de colección, ninguna de sus otras peticiones ha cuajado tanto entre el público como la de la reclamación de aquellas islas de Micronesia. Reclamación que si en 1949 ofrecía dudas al gobierno, no presentaba ni el más mínimo atisbo de sensatez a los asesores jurídicos del ministerio de Asuntos Exteriores, que dejaron bien claro por esas mismas fechas que si estas islas “han sido afectadas por el régimen de fideicomiso, el derecho español queda destruido por la existencia de una nueva estructuración político-territorial de interés general”, como efectivamente así había ocurrido. 

En resumen, por mucho que esta reclamación fuese tratada en consejo de ministros y por mucho que luego diese para un libro, ya nació muerta en 1949. Para puntilla de todo esto, el 3 de noviembre de 1986, fecha del vencimiento del fideicomiso de Micronesia, las Naciones Unidas, anularon cualquier reivindicación de soberanía anterior, decisión que contó con el más absoluto beneplácito español, lo que sin duda termina por “cerrar” el caso. 

Aún así escribo cerrar entrecomillado, porque aún hoy son muchos los que sostienen que en el Pacífico hay una serie de islas que pertenecen a España todavía, lo cuál, aunque suene a novela de aventuras, no es más que eso: una novela.

Escrito por Yuste en DESDEMIPULPITO.BLOGSPOT.COM
Aquí pongo otro enlace sobre el mismo tema. POSESIONES ESPAÑOLAS EN MICRONESIA


2 comentarios:

Angel dijo...

Hola,
disculpa que me entrometa en tu blog y me permita discrepar contigo...Todo el comentario referente a las islas españolas en micronesia esta perfectamente fundamentado-y quizas hasta tengas razón y todas esas teórias del Dr. Pastor Santos sean un poco "aventuradas"...Pero ya no es eso, es que hay que apoyar a tu país aunque no tenga no toda la razón-y hay que actuar via hechos consumados-como hizo Marruecos en el Sahara. Si estan deshabitadas se manda un par de fragatas con unas banderas de la Legión y se ocupan-y luego se justifica..asi lo hacen todos, todos los paises. Debemos ser, bueno somos-uno de los pocos paises del mundo que se intenta suicidar continuamente. Es triste, pero asi es....en mi opinión, "España man que pierda"..Animo con el blog! Angel

Anónimo dijo...

Tienes razon. Es complicado pero no imposible.