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sábado, 23 de agosto de 2008

SUNSET PARK EN N.YORK

Paseo por Sunset Park, un barrio políglota del sur de Brooklyn al que llegaron primero noruegos, irlandeses y polacos, siendo ahora el feudo de una de las mejores Chinatown de la ciudad, al igual que uno de sus enclaves más importantes de cultura hispana. Sunset Park huele todavía a obrero; el barrio se fundó en el waterfront de Brooklyn y luego fue el centro de la Bush Terminal, un centro industrial del que salieron la mayoría de los diez mil soldados estadounidenses que nos ayudaron a salvar algunos muebles en la Segunda Guerra Mundial. Desde los ochenta, Sunset Park habla chino y español; según el señor Wikipedia, el barrio representa la tercera comunidad china más importante de la ciudad, tras la zona de Canal Street en Manhattan y el barrio chino de Flushing en Queens. Sin embargo, mi intuición y el conocimiento de esas zonas por el método del pateo me cuentan que, siendo quizás la más pequeña, sí es –sin duda- la más auténtica de todas. En Canal Street la afluencia de turistas en busca de Rolex falsos es cada vez más exasperante y la Chinatown de Flushing es un tanto sosa e impersonal. No les quiero engañar, y menos en lo que toca a estética; Sunset Park no es un barrio bonito, pero sí que depara muchas sorpresas para los sentidos adictos al placer (especialmente el culinario) y bastante información sobre cómo viven dos flujos inmigratorios importantes de la ciudad.


Empiezo a caminar en la calle 62 (tomen la línea N hasta Fort Hamilton Parkway). En esta calle ya veo numerosos talleres chinos, en donde los mecánicos pasan el tiempo jugando a las cartas y reparando taxis amarillos, que abiertos y deshuesados pierden cualquier ápice de glamour. En el número 850 de esa misma calle hay un curioso club noruego (Members Only, se advierte en la puerta) en el que los miembros de la Norwegian Folk Dance Society of New York ensayan danzas de su país y mantienen vivo el caldo cultural del lugar, que hace tiempo fue llamado Little Norway. Pero el remanente de la cultura nórdica se elimina de sopetón girando hacia la izquierda hasta la Octava Avenida, una auténtica Chinatown en donde cualquier recoveco sabe a cultura china; verduras de forma y sabor increíbles, tiendas de videojuegos cutres, paraditas de comida (baratísimas, por cierto; yo me comí un plato con cerdo agridulce y arroz por solo cuatro dólares), y mercados de pescado vivo en el que pueden comprar ranas (yo las comía al ajillo en La Granota, un restaurante cerca de Girona que no sé si todavía existe, y estaban muy buenas). Una Chinatown real, en resumen, sin marcas a medio precio ni turistas gritones; creo, de hecho, que durante cuarenta minutos de paseo no pude ver ni un solo blanco que no fuese yo mismo. Simplemente vi a personas viviendo, con escenas bastante curiosas por cierto, como una reunión de hombres de unos cuarenta años que se habían juntado en un restaurante para cenar y ver un culebrón de la televisión china. Otro detalle sorprendente es que, en plena China (entre las calles 59 y 60 y todavía en la Octava) está una de las mezquitas más importantes de la ciudad, que es a la par sede de la United American Muslim Association of New York. La mezquita, muy bonita y tranquila, se puede visitar y sus propietarios son extremadamente amables.

Si la Octava Avenida tiene sabor chino, al llegar a la calle 49 y girando a la izquierda entramos en una amalgama impresionante de cultura hispana. Todo empieza en la Basílica de Nuestra Señora del Perpetuo socorro, una simpática iglesia con una basílica bastante importante, aunque de colores chillones, que conserva un aire de barrio encantador. Tuve la suerte de llegar durante la fiesta comunal y –para alegría de mi abuela, que no me lee, ni puñetera falta que le hace- todavía puedo repetir los rezos de memoria (“Qué español más raro habla usted”, me soltó una vecina que estuvo encantada de conocer por primera vez la existencia de la lengua catalana). También me alegró ver a un fraile acercándose a los vecinos a la vieja usanza, con paternalismo dulce; “Ay, papaciiito bueeeno, que mi niño siempre llega taaarde a caaasa y no me gusta que se meta mala cosa en el cueeerpo”, se queja una vecina mientras el clérigo le toca amablemente la cabeza y le da esperanzas… Salgo del hogar de Dios y me acerco a la Calle 44, donde está el Sunset Park que da nombre al barrio; vale la pena cruzarlo (hay una zona de recreo en perpetuas obras) para ver las maravillosas vistas de Manhattan y Queens y luego bajar a la calle principal, la Quinta Avenida, un luminoso camino lleno de restaurantes mejicanos, comida boricua e incluso algún mejunje que se atreve a preparar comida Hispana, Americana y China; casi nada… El mejor, no lo duden es el International Restaurant (en el número 4408) un auténtico homenaje a la caloría y la grasa en donde hasta sirven paella valenciana; prometo probarlo para contarlo, cosa bastante probable, dada la resistencia de este estómago mío que algún día se va a vengar por tanta mierda digerida.

Si todavía les quedan ganas de pasear, merece la pena bajarse por la Nicholas J. Sciarra Place hasta el edificio de la Community Board que toca a la Cuarta Avenida. Cruzándola, a la misma altura de la Calle 43, hay un curioso castillo falsamente medieval casi abandonado, que –según dice la Nacional Register of Historic Places- era la sede del 68th Police Precinct Station House and Stable y que acabará en manos de la escuela pública de música del barrio; esperaremos también a ver qué pasa… Bajando hacia el río, y echando una ojeada a la iglesia de St. Michael’s, llegamos a la Avenida Tercera, un enclave horroroso marcado por la construcción del Gowanus Expressway, una construcción del amigo Robert Moses, de ésas que van a saco paco y que convirtió el núcleo del barrio en una zona tremendamente sosa y deshabitada. Ya se sabe; esto de las infraestructuras no satisface a nadie (especialmente hoy en día…) y hasta mil personas tuvieron que abandonar el enclave, cansados del ruido insoportable de los carriles. Ya sé que ésta no es la mejor manera de acabar un paseo, pero vale la pena también ver el efecto que tienen las construcciones en la vida cotidiana de la gente y en la historia de los flujos de un barrio.

Les decía que –si bien este barrio no es excesivamente bonito- sirve para reflexionar bastante sobre la inmigración y sus dinámicas. Porque uno está un poco harto de escuchar cansinamente la cancioncilla de que Nueva York es el colmo de la interculturalidad, pero la imagen es tan falsa como trillada. Si bien es cierto que la ciudad acoge a centenares de razas y nacionalidades diferentes, también es cierto que basta pasear por zonas como ésta para darse cuenta que el contacto entre razas es inexistente. No he visto un solo chino hablar con un hispano en Sunset Park; ni uno. Y no hace falta decir que un servidor cantaba como una mona en esos barrios; no he tenido ni un problema, no quiero alarmarles, y la gente me ha servido de maravilla en todos los restaurantes en los que he husmeado o en las tiendas en las que he preguntado algo. Pero de contacto cultural, seamos sinceros, tararí que te vi. Así es la vida; los seres humanos tendemos a reunirnos y vivir con nuestros semejantes. No sé si esto es bueno o malo, pero parece no tener remedio.

INFORMACIÓN EN BLOG DE NUEVA YORK.CADENA SER por Bernat Dédeu

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